Los posbióticos irrumpen como nuevo recurso natural para fortalecer la salud a través de la leche

En el mundo de la nutrición contemporánea, los términos probiótico (microorganismos vivos) y prebiótico (fibras que los alimentan) ya forman parte del vocabulario cotidiano. Sin embargo, recientemente, la investigación científica ha consolidado una tercera categoría que promete ampliar la oferta del sector: los posbióticos. A diferencia de sus predecesores, estos no son seres vivos, sino los compuestos beneficiosos que las bacterias producen y liberan tras la fermentación.

En síntesis, se trata de sustancias producidas por la actividad microbiana, precisa la Dra. Lissette Duarte, académica de la Universidad de Chile, quien está por incorporarse al Comité Científico de Lácteos del Consorcio Lechero. La investigadora explica que estos llamados «metabolitos» son los productos finales que resultan cuando las bacterias procesan su alimento. «Son sustancias que son producidas por los probióticos. Al momento de fermentar una fibra, la bacteria transforma ese alimento y produce un posbiótico», detalla la especialista.
Históricamente, la industria láctea ha sido el soporte habitual para la entrega de estos beneficios. Productos como el yogur, el kéfir o las leches cultivadas no son solo alimentos, sino sistemas complejos que protegen a los microorganismos. «La leche se utiliza ampliamente como un vehículo porque es también un alimento para la propia bacteria. Permite que sobreviva y llegue hasta el intestino, que es el lugar donde queremos que actúe», explica la investigadora.

Sin embargo, la Dra. Duarte aclara que el objetivo de los probióticos tradicionales es sobrevivir al tránsito digestivo para interactuar con el lugar del cuerpo en que se necesitan que actúen. Es en este punto donde los posbióticos marcan una diferencia estratégica: al ser metabolitos ya producidos por las bacterias, pueden ejercer sus efectos de manera más directa y con mayor estabilidad.

Un salto en seguridad alimentaria

Uno de los descubrimientos más relevantes de 2024 y 2025 es que los posbióticos poseen una estabilidad térmica inédita. Al ser componentes inanimados —como enzimas o fragmentos celulares—, mantienen su eficacia biológica incluso en productos pasteurizados por ultra alta temperatura (UHT por sus siglas en Inglés) o leches en polvo que no requieren refrigeración constante. Esta característica soluciona uno de los mayores problemas logísticos de los probióticos tradicionales, cuya fragilidad limita su distribución y vida útil, especialmente en zonas con infraestructuras de frío deficientes.

La Dra. Duarte destaca que estos componentes pueden actuar de forma directa en el organismo, facilitando la obtención de nutrientes esenciales. «Hay ciertas bacterias que producen vitamina B12», explica. En contextos de dietas en que no se consumen alimentos de origen animal, como en el vegetarianismo, el consumo de lácteos fortificado con vitamina B12 producido por bacterias permite obtener esta vitamina de forma inmediata, sin intermediarios. «Estarían comiendo, en el fondo, el posbiótico de esa bacteria».

Además, investigaciones recientes (2025) confirman que ciertos posbióticos actúan como un entrenamiento para el sistema inmune. Al interactuar con las células del intestino, fortalecen las barreras naturales contra patógenos sin el riesgo de introducir microorganismos vivos, una ventaja crítica para pacientes con salud delicada o sistemas inmunitarios comprometidos.
Otro campo de vanguardia son los ácidos grasos de cadena corta. «Ya hay estudios donde se han administrado directamente ácidos grasos de cadena corta para ver su efecto en la salud sin dar la bacteria que los produce», añade la especialista. Estos compuestos influyen en el gasto energético y en la regulación de la respuesta inflamatoria, entre otras áreas que hoy son objeto de intensa investigación clínica.

Es así como, según estudios de finales de 2024, influyen en el eje intestino-cerebro, ayudando a modular la respuesta al estrés a través de señales químicas directas.

Equilibrio total

El auge de este tema responde a un cambio cultural en la ciencia. La Dra. Duarte recuerda que antes existía una corriente que consideraba a todas las bacterias como agentes dañinos. «Ahora se sabe que la microbiota está en todo nuestro cuerpo y que debe existir un equilibrio para estar sano», afirma.

Este ecosistema personal no es estático. Según la investigadora, factores como el lugar donde vivimos, si realizamos actividad física o incluso la temperatura del entorno, influyen directamente en la composición de nuestras microbiota. Los posbióticos aparecen de esta forma como una herramienta para estabilizar ese equilibrio de forma dirigida.

«La investigación actual busca comprender los ‘porqués’ detrás de los efectos observados, para luego trasladar ese conocimiento al desarrollo de alimentos, evitando que los hallazgos queden limitados solo a estudios de laboratorio. El desafío para la industria láctea es pasar de la observación a la aplicación comercial, mediante el diseño de productos que no solo contengan bacterias, sino que garanticen la entrega de los metabolitos exactos que el cuerpo necesita.

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