Propiedades antiinflamatorias de los lácteos podrían ayudar a combatir efectos negativos de alimentos ultra procesados

Contrariamente a lo que sostienen ciertas creencias que se difunden entre la población, la leche, en lugar de producir inflamación, posee componentes que pueden evitar o reducir este fenómeno en el organismo.

Así lo destacó el doctor en Fisiología de la Nutrición de la Universidad Diderot de París, Martin Gotteland, profesor titular del Departamento de Nutrición de la Facultad de Medicina de la Universidad de Chile.

Su planteamiento coincide con una revisión de 52 estudios clínicos efectuada en 2017 y publicada en la revista “Critical Reviews in Food Science and Nutrition”, que concluyó que los lácteos en general tienen efectos antiinflamatorios, salvo en personas alérgicas a la leche de vaca.

EFECTOS DE UN MUNDO MENOS NATURAL

Respeto de la confusión que suele producirse entre inflamación e hinchazón, el doctor Gotteland hace la distinción y señala que esta última generalmente afecta a personas que son intolerantes a la lactosa, el azúcar presente en la leche. Esta intolerancia se debe en parte a la incapacidad del organismo de producir lactasa, la enzima que digiere la lactosa. Esta, al llegar al colon sin haber sido absorbida, es fermentada por las bacterias colónicas generando gases que producen la hinchazón (o distensión abdominal) y pueden derivar en otros síntomas como dolor abdominal, ruidos intestinales o, en algunos casos, diarrea.

La inflamación es definida como una respuesta de defensa del organismo ante amenazas tales como infecciones bacterianas o virales, picaduras, quemaduras o golpes.

Los procesos inflamatorios tienen efectos importantes sobre nuestra salud, como lo indica el informe “Fighting Inflammation: The Special Health Report”, realizado por un grupo de expertos de la Facultad de Medicina de la Universidad de Harvard, que concluye que tres de cada cinco personas en el mundo fallecen debido a enfermedades relacionadas con la inflamación.

En su origen, la inflamación es una reacción del organismo que busca eliminar la causa de lo que interpreta como un ataque, y favorecer la reparación de los tejidos que hayan sido dañados. La complicación se produce cuando esta respuesta es exacerbada, es decir cuando produce más efectos negativos que la propia agresión que procura eliminar.

La inflamación se caracteriza por la presencia de rubor, calor, dolor y tumor en el sitio afectado. Estos fenómenos se deben principalmente al aflujo de sangre (rubor) en la zona afectada, al incremento de consumo de oxígeno (calor) debido a la llegada de células de la inmunidad, las cuales liberan gran cantidad de sustancias capaces de activar los receptores del dolor, y la secreción de líquido que produce abultamiento y dureza, también conocido como edema (tumor).

La inflamación puede manifestarse en forma aguda, por ejemplo la que produce un golpe, como también de forma crónica, es decir, que permanece en el tiempo y es generalmente de baja intensidad (o de bajo grado), como aquella asociada a la obesidad y a la diabetes Tipo 2.

El doctor Gotteland señala que el desarrollo de fenómenos inflamatorios ha ido en aumento en las últimas décadas, y que esto podría ser consecuencia de factores como la mayor contaminación del aire, del agua y del suelo, además del consumo creciente de alimentos ultra procesados que, entre otros, contienen más aditivos. “Es un mundo menos natural, acota, donde todos estos compuestos que estamos consumiendo de forma reiterada, pueden representar una agresión constante para nuestro tubo digestivo y el organismo en general”.

Esto último podría tener impacto incluso a nivel cerebral ya que existe una comunicación relevante y constante entre nuestro tubo digestivo y nuestro sistema nervioso central. De esta forma, moléculas derivadas de la actividad de la flora (o microbiota) bacteriana en el intestino pueden incidir en el ánimo y la función cognitiva de las personas.

DEL MITO AL HECHO

Como un ejemplo de la influencia del medio ambiente y el estilo de vida en la salud, el doctor Gotteland menciona que “el agua envasada en botellas plásticas contiene partículas plásticas que luego pueden ser detectadas en el intestino; dichas partículas también han sido encontradas en los humanos a nivel pulmonar y no cabe duda que en estos sitios del cuerpo, podrían contribuir al desarrollo de más procesos inflamatorios.”

En cuanto a las recomendaciones para adquirir una mejor condición frente a las inflamaciones, principalmente crónicas y de baja intensidad, dice: ”no hay misterio. Comer sano, evitando los alimentos ultra procesados y privilegiando aquellos que contienen distintos tipos de fibra como frutas y verduras, cereales integrales, legumbres, nueces y semillas, así como hacer ejercicios sin caer en el sedentarismo.

El doctor Gotteland señala que los estudios han demostrado que el consumo de leche y productos lácteos fermentados no produce inflamación y puede, al contrario, contribuir a disminuir la inflamación de baja intensidad que se observa más especialmente en el caso de las personas con sobrepeso u obesidad. Agrega que esta propiedad ha sido constatada con el consumo de productos lácteos fermentados como el queso y, más particularmente, el yogurt y leches fermentadas.

En efecto, los microorganismos que fermentan la leche producen compuestos con capacidad antimicrobiana, inmunoestimulante y antiinflamatoria, además de vitaminas como la del Grupo B, Cobalamina, folato y Riboflavina, que son fundamentales para la producción de anticuerpos, el buen funcionamiento de las mucosas, y la protección del cuerpo frente al desarrollo de infecciones.

En cuanto a la asociación que suele hacerse entre inflamación y leche, el doctor Gotteland cree que no tiene más asidero que los muchos mitos que circulan respecto de la alimentación: “Por eso, afirma, uno debe ser muy cuidadoso con lo que escucha o lee. Hay que ser crítico respecto de la información que se está recibiendo y darle más atención e importancia a aquella basada en evidencia”.

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